|
Subcomandante "Marcos"
escritor
por Juan
Gelman
Página12
Régis Debray lo considera el
mejor escritor latinoamericano.
Desde antípodas políticas,
Octavio Paz ha elogiado su
escritura. Pero el subcomandante
Marcos, jefe militar del
Ejército Zapatista de Liberación
Nacional, habla con timidez de
su condición de escritor. "Más
fácil sería con un mate", dijo
en uniforme guerrillero y
pasamontañas que sólo confía al
aire los ojos y parte de una
nariz objeto de su autoburla
constante.
La máscara no atenúa la clara
emanación de juventud. Es un
fenómeno raro, sin antecedentes
conocidos en el mundo: su fama
de escritor dimana de la prosa
que vuelca en los comunicados
que firma en nombre del EZLN.
Son textos políticos que han
llevado de la guerra de verdad,
a la guerra de palabras; pero el
subcomandante les añade paseos
de ficción en las posdatas.
Donde ha aparecido hace meses el
personaje Durito, un escarabajo
que se proclama Caballero
Andante de la Selva Lacandona y
tiene a Marcos de escudero.
Ambos dialogan como el Quijote
y Sancho Panza sobre las
materias más diversas y de
política además. El Nobel
mexicano [Octavio Paz] calificó
a Durito de invención literaria
memorable. La entrevista con el
subcomandante insurgente del
EZLN se realizó en el marco del
Encuentro Continental Americano
por la Humanidad y contra el
Neoliberalismo, en algún lugar
de la Selva Lacandona, y allí el
jefe militar zapatista reveló
que siempre le ha gustado
escribir.
-¿Cuándo escribió su primer
poema?
-A los 13 años.
-¿Lo recuerda?
-No, hay cosas que más vale la
pena olvidar.
-¿No recuerda las circunstancias
que lo movieron a escribirlo?
-Sí, era melancólico, era sobre
la vida y la muerte, medio
tétrico, con la pregunta sobre
el sentido de la vida que
probablemente se hace todo
adolescente. Yo estaba en la
secundaria, como se dice en
Argentina. Ya había leído poesía
y ese poema debe haber sido muy
parecido a los que yo leía por
entonces. Me acuerdo más o menos
del tema y de la circunstancia
un poco existencial, o bastante
existencial, de ese momento,
pero no me acuerdo mero cómo
iba.
-¿Siguió escribiendo poesía
luego?
-No. Iba más al cuento, a la
poesía casi nunca le entré. En
aquel ámbito cultural la poesía
era mucho la cuestión de la
métrica, tenía que rimar y todo
eso. Y entre que no me salía,
que necesitaba pues un cierto
manejo del lenguaje, que apenas
estaba aprendiendo, y que me
provocaban aversión esos
chalecos, no sabía cómo
entrarle. Entonces mejor le daba
al cuento. Cuentos escribí
bastantes. Y, por supuesto, una
novela que nunca acabé. Como
todos los escritores que se
precian de serlo; siempre tienen
una novela que nunca han
acabado. Pero no, a la policía,
perdón a la poesía no le
entraba, a la policía tampoco.
-¿Pero ha escrito poesía en los
últimos años?
-Escribí en el período de la
montaña, los diez años que
pasamos allí, sobre todo en los
primeros años 1984/1985 que
fueron muy solitarios, poesía
que pretendía ser política.
Tratando un poco de jugar al
espejo o de ayudarnos a nosotros
mismos, pues éramos una pequeña
pandilla casi que quería cambiar
el mundo; afirmando que sí valía
la pena lo que queríamos hacer,
o lo que íbamos a hacer, aunque
entonces no sabíamos que lo
íbamos a hacer todavía.
Nosotros organizábamos actos
culturales todos los lunes de
cada semana: el grupo de
combatientes se juntaba en lo
que llamábamos la célula
cultural y se decían poemas, se
cantaba, se representaban obras
de teatro. El único libro que
teníamos entonces yo era
capitán era una antología de
Miguel Hernández. Había más
reuniones culturales que poemas
en el libro y éste se acabó.
"Escribe algo", me decían los
compañeros, así que los primeros
poemas que escribí en ese
período eran más bien por
encargo. Y eran poemas así,
pues, lo rudimentario o lo
acartonado que pueden ser los
poemas sobre pedido.
Luego ya escribí por gusto, por
ganas, algunos más, volví otra
vez al cuento y a las
narraciones cortas como las
"Instrucciones para cambiar el
mundo" o las "Instrucciones para
caer y levantarse", todo eso con
mucha influencia de Cortázar;
uno de sus libros era el otro
que yo cargaba. Pero a la poesía
siempre le he tenido mucho
miedo. Es como dice Durito, la
distancia entre lo cursi y los
sublime es delgadísima; yo le
digo a Durito que no la conozco
porque no he logrado cruzarla,
sigo todavía del lado de lo
cursi. Así que para llegar a lo
sublime... Algo intenté en
poesía cuando empezamos a hacer
contacto con las comunidades
indígenas.
El manejo del lenguaje que hacen
ellos, la descripción de la
realidad, de su realidad, de su
mundo, tiene mucho de elementos
poéticos. Eso como que removió
la trayectoria cultural normal o
tradicional que traía yo en
literatura y empezó a producir
esa mezcla que asomó en los
comunicados del EZLN del 94. Era
un poco como estarse debatiendo
entre las raíces indígenas de un
movimiento y el elemento urbano.
Es lo que yo podría decir sobre
esa trayectoria, pero sí,
siempre me gustó escribir. No
mostraba lo que hacía, por
supuesto, escribía para mí
mismo.
-Octavio Paz dice que Durito es
una invención memorable.
-Eso es injusto, Durito
protesta. Dice que él no es una
invención, que es real y que, en
todo caso, la invención soy yo.
-¿Sigue leyendo poesía?
-Sí, cómo no. En alguno de los
comunicados cuento la historia
de una niña que se murió,
Paticha, explicando un poco esto
de los nonatos. En realidad, eso
viene de la lectura de un poema
de un argentino que habla de una
niña. ¿Se acuerda usted de ese
poema? ¿Cómo se llama?
-No sé de qué poema me habla.
-Si es suyo.
-Hay cosas de las que uno se
quiere olvidar, usted lo dijo.
-No, es bueno ese poema. Lo
encontré en una antología de la
poesía latinoamericana, junto
con otro texto suyo. No me
acuerdo cómo se llama, pero
habla de una niña que, obligada
por las condiciones sociales,
comete un crimen.
-¿Será, "María la sirvienta"?
-Andale, ése era. Su estructura
inspiró la forma literaria de la
historia de Paticha. La historia
es real, pero su presentación
tiene mucha cercanía con "María
la sirvienta". Y en algunas de
las historias que cuento, que
contamos nosotros, aparecen
elementos poéticos digo, en mi
caso de Miguel Hernández, del
Neruda del Canto general, sobre
todo, un libro que nos influyó
mucho a muchos en la montaña y
que también cargábamos. No
conocimos poesía más reciente
hasta que ya bajamos.
-¿Y Pessoa?
-A Pessoa lo encontramos bajando
de la montaña, del 94 para acá,
en libros que nos regalaban.
Pero eso es nuevo. La poesía que
frecuentábamos nosotros era la
que se consideraba poesía social
o de compromiso. Que es la que
nos gustaba, porque estábamos en
eso. O la más lejana de los
clásicos como Shakespeare, eso
sí. Pero de la poesía
contemporánea sólo la que tenía
contenido social; la que no, nos
parecía que no servía, que era
contrarrevolucionaria,
pequeñoburguesa, etcétera...
-¿Piensa lo mismo ahora?
-Evidentemente no.
-¿Y qué piensa?
-Nos damos cuenta ahora de que
fueron esos elementos, los no
esquemáticos, los no
tradicionales respecto de esa
cultura de izquierda en la que
nos formamos nosotros, en
especial de la izquierda
clandestina, la de los
subterráneos, los que nos
abrieron ventanas. Que lo que
nos salvó como proyecto social,
como proyecto político y, sobre
todo, como seres humanos, fueron
esas ventanas abiertas, esas
supuestas "manchas" para un
revolucionario cuadrado, lo que
nos llevaba a nosotros a decir
bromeando que para ser cuadros
revolucionarios éramos bastante
redondos. No respondíamos a los
esquemas pues, y por lo tanto
estábamos desechados.
Esa cultura, esa literatura
tienen su lugar, tienen su
espacio y no pueden ser
catalogadas según los moldes que
nos enseñaron, que poesía es la
poesía revolucionaria de "Patria
o muerte, venceremos" solamente,
o la que describe una situación
social. Hay poesía que trabaja
sobre el lenguaje mismo y no le
importa tanto lo que dice sino
el manejo del lenguaje; hay
poesía que expresa sentimientos
o cuestiones vivenciales
cotidianas; hay poesía de muchas
clases.
¿Cómo decirlo? El esquema
político con el que habíamos
crecido tenía su referente o su
equivalente en un esquema
cultural, en un esquema
ideológico e incluso en un
esquema moral que marcaba qué
era lo bueno y qué era lo malo:
bueno es todo lo que sirva a la
revolución, malo es todo lo que
vaya en contra de la revolución.
Y ahí no está el problema de lo
bueno y lo malo, de esa manera
sólo se lo está eludiendo. Y eso
pasaba no con la literatura
únicamente, con la música
también, o sea, cuál debíamos
escuchar o cuál nos debía
gustar, porque de eso se
trataba; de nuevo tenía que ser
la música de contenido social o
la música revolucionaria, como
le decíamos nosotros.
Y la otra pues era música
enajenante, alienante, etcétera.
Aunque nos gustara, teníamos que
callar y decir que la buena era
la música de contenido social.
Esa concepción influía hasta en
las pláticas del (grupo)
colectivo. El colectivo de
montaña es un conjunto muy
solitario, sometido a
condiciones muy duras, que
tiende a cerrarse, a hacerse
fuerte para poder resistir,
ayudándose uno a otro. Entonces
la nostalgia estaba prohibida;
en todo caso, manifestarla. No
es que hubiera una ley, pero
cuando se notaban síntomas de
desmoralización en un compañero
había que ayudarlo explicándole,
por ejemplo, que el
proletariado, por una decisión
histórica, iba a asumir sus
objetivos, etcétera.
-Hay quien supone que ciertas
cosas dejan de existir no usando
las palabras que las nombran.
-Sí, era una especie de realismo
socialista, pero en pequeño.
Estoy hablando de una columna
formada por doce hombres. Doce
en "las grandes fiestas",
decíamos que eran cuando nos
juntábamos, porque en realidad
nos partíamos en unidades de
cuatro. Ese esquema rígido
invadía todo lo que era la vida
del campamento guerrillero. No
se platicaba sobre la familia,
porque te llevaba eso al lugar
de partida. Tampoco sobre las
expectativas personales: no
podía uno imaginarse en el
futuro siendo un hombre común y
corriente, o podía, pero no
debía decirlo.
Decir, por ejemplo, finalmente
cuando termine esto me voy a
dedicar a ser chofer; no, cómo,
te contestaban, eso es
contrarrevolucionario, tienes
que ubicarte en un lugar
revolucionario, seguir en esto o
hacerlo como el Che, irte a otro
país y continuar la pelea,
etcétera.
-Antes evocó usted un problema
que tiene que ver con lo que
está expresando ahora: el del
contacto con la cultura
indígena. ¿Ese contacto ayudó o
quizás obligó a modificar
estereotipos, y no sólo desde el
punto de vista de los
contenidos, sino también en lo
que hace a la lengua? Porque
sorprende a quien visita Chiapas
el castellano que hablan los
indígenas, lleno de giros y
concordancias desusados. Algo
semejante ocurrió en Guatemala
cuando los indígenas, después de
más de cuatro siglos de padecer
la dominación blanca, empezaron
a hablar el castellano y
produjeron rupturas sintácticas
extraordinarias y muy
enriquecedoras. ¿Qué piensa de
eso? ¿Qué le ocurrió con eso?
-En realidad, casi nadie toca
ese tema. Nosotros advertíamos
que la concepción política de lo
que el EZLN era entonces chocaba
con la concepción política de
las comunidades indígenas y se
modificaba. También hubo efectos
en el quehacer cultural del EZLN,
que tenía una vida cultural
bastante intensa para una unidad
guerrillera. No sólo nos
enfrentamos con las lenguas
indígenas, sino también con su
manejo y con la forma de
apropiación del español. Los
indígenas no se apropian de
conceptos, sino de palabras, y
traducen su visión con un manejo
del lenguaje muy rico, como
decir "está triste mi corazón"
por "me siento mal", o decir "me
duele el corazón" y señalarse la
panza, que está cerca. De pronto
alguien se enfermaba y decía "me
voy a morir" y al principio uno
pensaba que, en efecto, se iba a
morir; y cuando se lo revisaba
no era más que un dolor
abdominal.
Pero así se sentía. Nos
encontrábamos con que los
indígenas manejaban el lenguaje
con mucho apego al significado
de las cosas y al uso de
imágenes también. Teníamos que
aprender ese otro manejo del
lenguaje para poder comunicarnos
con ellos, y ellos con nosotros,
lo que empezó a producir efectos
en nuestra forma de hablar. Y de
escribir. Llegó un momento en
que estábamos hablando "chueco",
como decíamos nosotros, a veces
anteponiendo un adjetivo, otras
no nombrando una cosa sino
aludiéndola como una imagen, y
sucedió que así cuajó nuestro
modo, el modo de hablar de los
zapatistas, y eso nos hizo
perfectamente identificables.
Claro, nadie nos andaba
buscando, pero en las
comunidades se sabía quién era
zapatista por el modo de hablar,
incluso para explicar la
política y para explicar la
guerra, que entonces apenas era
un futuro incierto.
Muchos han percibido los efectos
del contacto con las comunidades
en la política y la organización
de los neozapatistas, pero nadie
o pocos son los que se han dado
cuenta de las consecuencias del
choque cultural, que sin embargo
llama la atención también en el
neozapatismo. Me refiero al
manejo del lenguaje en relación
con la política. Así lo vemos
nosotros, pero es muy difícil
reflexionar desde adentro, nos
falta distancia y nos falta
tiempo para ver cómo se da eso.
Necesitamos un exterior, un
outsider para poder entenderlo.
Nosotros no podemos explicar qué
es lo que hizo posible eso.
Sabemos que lo estamos haciendo
y decimos "algo pasó aquí", pero
no hemos pensado todavía sobre
lo que realmente ocurrió para
que se produjera el zapatismo de
1994. También hay que considerar
cómo entró el zapatismo en
contacto con la sociedad civil,
con ese México que no tenía nada
que ver ni con el enemigo ni con
el compañero. Ese hecho también
influye en el trabajo de
lenguaje del zapatismo.
Puede incluso verse cómo los
comunicados del EZLN de los
primeros días del 94 y los que
fueron emitidos más adelante en
el año dan paso a una
modificación en el lenguaje que
está buscando su acomodo y se
está haciendo todavía. Es decir,
se ha sumado otro elemento,
aparte del indígena y del que
procedía de la izquierda
tradicional que bajó de la
montaña: los dos últimos
constituían ya una realidad
compleja que otra vez se
enfrentó con una realidad
compleja, la de México. Y hay
como una retroalimentación así
lo vemos, vamos tocando
puertas, encontramos una
abierta, nos metemos, tocamos
otras y así; y en el lenguaje
estamos tocando puertas y donde
vemos que se abren, por ahí
seguimos.
Por eso a veces nuestro discurso
es muy repetitivo, pensamos que
lo que nos resultó una vez y nos
permitió hacernos entender va a
volver a producir el mismo
efecto. Desgraciadamente, no
siempre es así. A veces produce
el efecto contrario; otra vez lo
mismo, se piensa, y más porque
del zapatismo se espera siempre
algo nuevo, más creativo, que no
incurra en la reiteración, y
para nosotros lo más cómodo es
insistir con lo que sabemos ya
que resultó.
A dos años de nuestra salida a
la luz, ése es uno de los
problemas que tenemos. Debemos
seguir buscando dentro de
nosotros mismos y dentro de las
relaciones creadas un lenguaje
que no nos haga perder el puente
con la sociedad que logramos
construir en los últimos dos
años. Sabemos lo que no hay que
hacer, es decir, repetirse, pero
todavía tenemos que precisar lo
que hay que hacer, y eso estamos
probando. Por eso nos sirve
mucho el contacto con gente que
no viene de nuestra trayectoria,
no me atrevería a decir de
afuera porque es gente que está
muy imbricada en el movimiento,
pero que ve otras cosas, tiene
otras experiencias, otra
historia y ha hecho otro
recorrido.
Eso nos ayuda a ver dónde
podemos avanzar. Y en buena
parte el futuro del zapatismo
está en el lenguaje. No quiero
decir que el zapatismo va a
desaparecer, pero su futuro y su
quehacer tienen que ver mucho
con el quehacer de su lenguaje.
Según sea el futuro de su
palabra, será el futuro del EZLN.
No, no el EZLN, del zapatismo,
que hoy es mucho más amplio.
-En su mensaje de la ceremonia
de clausura del Encuentro
Continental Americano por la
Humanidad y contra el
Neoliberalismo dijo usted que al
zapatismo se le exige no que se
parta en dos sino en muchos
pedazos, en referencia a la
satisfacción de unos y la
preocupación de otros por sus
intervenciones anteriores.
¿Deberá cambiar el lenguaje de
sus comunicados para contentar a
todos?
-Tal vez convenga insistir en
ese partirse en dos, en tres o
en cuatro; unos esperan del
zapatismo una guía, respuestas a
cosas prácticas; otros, un
pronunciamiento político; otros,
algo que arranque una sonrisa;
otros, algo que sea nuevo. Eso
es algo, lo digo honestamente,
que cada vez torna más difícil
escribir, cada vez se siente más
que estás escribiendo para
agradar a alguien o algo, y se
corre el riesgo de perder la
frescura, la que teníamos
nosotros antes, cuando
escribíamos y al que le gustó,
le gustó, y al que no, se chingó
(se jodió).
Pero las presiones sobre el
zapatismo, de las que hablé en
la clausura del Encuentro, en
cuestiones políticas, también se
dan en cuanto al manejo del
lenguaje. Qué es lo que se debe
decir, qué expresión es machista
o sexista, cuál es feminista, y
sentimos como que nos empiezan a
acorralar. Nosotros no nos
alzamos en armas para esto,
nosotros queríamos el uso de la
palabra y escribíamos por gusto
y no queremos perderlo. No
queremos hacernos profesionales
de la palabra, gente que exista
para producir una mercancía,
algo para el mercado, aunque ese
mercado sea de izquierda, o sea
progresista, o sea democrático,
lo que sea. Para eso hay
computadoras. Se las programa y
sale lo que uno quiere.
http://www.taringa.net/posts/noticias/1779766/Subcomandante-_Equot;Marcos_Equot;-escritor-Por-Juan-Gelman.html
Entrevista realizada por Juan
Gelman Publicado en el Diario
"Página 12", Buenos Aires,
Argentina
CUEVA REBELDE ITZCUINTLI
http://members.tripod.com/~itzcuintli/index.html
Gentileza:: Red Latina sin
fronteras
[redlatinasinfronteras@yahoo.es]
paginadigital |