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La ciudad en la poesía
dominicana
Soledad
Álvarez
Santo Domingo es una y
muchas. Ciudad antigua y nueva,
ilustre en su blasón de Primada
de América y plebeya en el
desorden urbano y el deterioro
de sus instituciones.
Pretenciosa en casas y edificios
magnificentes, y en la falsa
modernidad de torres, elevados y
túneles rodeados de callejones y
patios mugrientos, de barrios
que agonizan de pobreza, sin
agua y sin infraestructura
sanitaria. Santo Domingo es un
entramado de opulencia y hambre,
espacio fragmentado, universo en
expansión contenido sólo por el
mar, cuerpo abotargado,
acuchillado una y otra vez por
la mano artera de la desidia
estatal y la voracidad de los
políticos. Pero redivivo y
bullente de humanidad, de luz y
color, de olores y ruidos.
Recorrer la ciudad es recorrer
los diferentes momentos de la
historia dominicana. Desde Las
Atarazanas hasta los lejanos
suburbios de construcciones
recientes, Santo Domingo es un
objeto estético susceptible de
lectura, un sistema de
significación, un discurso –como
diría Barthes- que habla a sus
habitantes, un texto en el que
podemos leer lo que fuimos y lo
que somos (1): En monumentos y
piedras coloniales la
prosperidad efímera y la
decadencia de la Colonia; la
lucha por la independencia
simbolizada en la Puerta de El
Conde; y extramuros, hacia el
Oeste, inscritas en la
estructura urbana, en el trazado
de las calles, en la
arquitectura y en los múltiples
lugares icònicos, las
vicisitudes de la República, la
accidentada formación de la
nacionalidad, el surgimiento del
capitalismo, la injerencia
norteamericana y la dictadura
trujillista, que marcó la ciudad
hasta el hueso y la hizo suya en
la inmisericorde cruzada
totalitaria que permitió al
dictador rebautizarla con su
nombre y convertirla en
“metáfora espacial” de su
régimen (2). La transformación y
la instrumentalización de la
ciudad adquirió nuevos visos en
los períodos presidenciales de
Joaquín Balaguer, el heredero de
la dictadura consagrado como el
gran constructor y redentor de
la herencia colonial hispánica,
y quien transformó la fisonomía
de la ciudad desde una visión
monumentalista y jerárquica de
los espacios urbanos.
Pero Santo Domingo no es sólo la
ciudad trazada por el poder, y
como territorio de la memoria
colectiva no se agota en la
épica de lo vencedores ni en la
historia oficial. Otras
ciudades, superpuestas a la
ciudad colonial, a la ciudad
trujillista y a la ciudad
moderna con su valor de cambio,
nos hablan del negro que
preservó sus dioses vistiéndolos
con el ropaje de los dioses
blancos, de la huella de los
inmigrantes en la cultura
dominicana, de la resistencia a
las intervenciones extranjeras,
del 30 de mayo y de sus héroes
en el recorrido trágico por las
calles de Gazcue, de los
estudiantes asesinados en la
calle Espaillat, de la gesta
constitucionalista y de
Francisco Alberto Caamaño en la
Torre del Homenaje devolviéndole
al pueblo el poder que el pueblo
le había otorgado, de las luchas
populares y del sentimiento de
pertenencia de sus habitantes.
Ciudad hecha a imagen y
semejanza nuestra, Santo Domingo
no es sólo la ciudad real y la
ciudad histórica. Existe también
esa ciudad invisible - tan
bellamente descrita por Italo
Calvino - a la que, para verla,
no basta con tener los ojos
abiertos. Ciudad como los
sueños, construida “de deseos y
de temores, aunque el hilo de su
discurrir sea secreto, sus
normas absurdas, sus
perspectivas engañosas” (3) Es
la ciudad que recorremos con los
ojos cerrados y el corazón
abierto en busca de desentrañar
sus más recónditos secretos;
ciudad imaginada, ciudad
interior, ciudad textual
recreada por sus escritores:
viajeros, novelistas, poetas, y
en la que se revela la esencia y
el espíritu de la ciudad. En sus
iluminadoras páginas sobre
España, Pedro Henríquez Ureña
traza el camino:
“Cada ciudad tiene su espíritu,
decimos siempre; cada ciudad
tiene su aire, su “sello
propio”. Pero hay más: el
espíritu de la ciudad está en el
paisaje que la rodea, y en el
trazo de sus calles, y en sus
edificios, y en sus jardines, y
en las costumbres de su gente; y
va aún más lejos: está en la
pintura y en la literatura que
produce, en la música que canta
y toca. Así, de cada ciudad
española pudiera hacerse una
antología, demostrando la unidad
de carácter en el paisaje, en la
arquitectura, en la poesía.” (4)
Esta es la ciudad que
intentaremos descubrir en un
recorrido tras su espíritu, su
poética particular, propósito de
ninguna manera tan exhaustivo ni
abarcador como propone el
ensayista dominicano, pero que
al menos nos conducirá por sus
calles y registros más
significativos.
Nuestro punto de partida es el
momento en el que la ciudad hace
su entrada a la poesía
dominicana como espacio
discursivo del proyecto de
modernidad, cuando los nuevos
modos del pensar-vivir y los
metarrelatos de civilización y
progreso generan una tensión
entre la concepción rural y la
emergente realidad urbana, entre
el presente y el pasado. Esta es
la contradicción que en nivel
latinoamericano establecen
escritores como José Sarmiento y
Rómulo Gallegos, entre otros, y
que por diferentes caminos anima
la imagen de la ciudad en José
Joaquín Pérez, Salomé Ureña de
Henríquez y Gastón Fernando
Deligne.
José Joaquín Pérez y Salomé
Ureña de Henríquez fundan la
imagen de la ciudad desde una
visión nostálgica del pasado,
por lo demás recurrente hasta
los primeros años del siglo XX.
Pleno del espíritu romántico que
le caracterizó, en “La vuelta al
hogar” José Joaquín Pérez
reafirma el sentimiento
patriótico a través de la
exaltación de la Naturaleza como
representación de lo nacional y
prolongación de la subjetividad.
En el poema, escrito en 1874, a
su regreso al país después de
seis años de exilio en
Venezuela, el sujeto poético es
el desterrado que regresa
jubiloso a la patria idealizada,
al lugar paradisíaco de los
orígenes, y ante la visión del
“dulce Ozama” deja atrás
“lejanos climas y humilde
historia” para reafirmar su
identidad: “!todo cuanto su ser
le diera!”. La nostalgia y la
idealización del pasado, que
encontraremos en Salomé Ureña de
Henríquez, no refieren en Pérez
a las glorias perdidas de la
ciudad sino a la infancia, a la
vida personal y emotiva del
poeta. El reencuentro alborozado
con el lar nativo disuelve “El
antagonismo entre lo íntimo (el
yo) y lo ajeno (los otros)”,
constante en los inicios de la
poesía urbana, según Dionisio
Cañas. (5)
En el conocido poema “Ruinas”,
escrito en 1876, Salomé Ureña
recupera la ciudad ilustre de la
Colonia, centro de conocimiento
y de cultura en América durante
los primeros cincuenta años del
dominio español, para oponerla
al presente –realidad
estigmatizada, rechazada en su
especificidad histórica de
barbarie y de ignorancia por la
élite dominante del país, que
hizo suya la dicotomía
”civilización contra barbarie”
puesta en circulación en toda
América Latina por el Facundo
(1837) de Domingo Antonio
Sarmiento:
Memorias venerandas de otros
días,
soberbios monumentos,
del pasado esplendor reliquias
frías,
donde el arte vertió sus
fantasías,
donde el alma expresó sus
pensamientos
En la antinomia ciudad real -
ciudad utópica, que habrá de
caracterizar una buena parte de
nuestra poesía, Salomé retoma el
mito de la “Atenas del Nuevo
Mundo” y profetiza el triunfo
del progreso y la civilización,
acorde con la ideología
positivista y el hostosianismo
asumido por la poetisa en el
discurso poético y en su
proyecto pedagógico. Esta es
también la estrategia de José
Joaquín Pérez en el poema
“Ciudad Nueva”, cuando celebra
el nacimiento del barrio
extra-muro como un signo del
progreso, clarinada que
despertará al “Campo inculto” y
que le hace exclamar: “¡Oh,
ciudad de los sueños de la idea
/ creación de los delirios del
progreso”.
La recuperación de la ciudad del
pasado la encontramos también en
Víctor Garrido, en el poema “Pax”,
a las Ruinas de San Francisco;
en la “Estampa Colonial” de
Ligio Vizardi, y en “Never More”
de Enrique Henríquez, que dice:
Por las interminables avenidas,
en busca de pretéritos mesones,
veo plazas desiertas,
luces emustiecidas,
graníticos balcones,
ventanas ojivales
y monásticas puertas
que, vistas a través de sus
cristales,
fingen estar de par en par
abiertas.
Pero ya en Henríquez advertimos
una sensibilidad diferente a la
de sus predecesores, en tanto el
hombre que busca por avenidas
interminables esos “pretéritos
mesones” es un sujeto
interiorizado, que monologa en
la noche frente a “una casa
vetusta” y no encuentra
respuesta a sus preguntas
existenciales. Antes, percibe la
ciudad como un espacio engañoso,
separado de sí mismo. Como
vemos, muy pronto el optimismo
progresista de Salomé y de José
Joaquín Pérez entra en conflicto
con la complejidad de la
sensibilidad moderna, a lo que
se agrega la lógica perturbadora
de la realidad política- social,
con sus ciclos de violencia y la
invencible pobreza. Así, en el
poema “Incendio” (1883), de
Gastón Fernando Deligne, no
encontramos la imagen idílica de
la ciudad de José Joaquín Pérez
y Salomé sino la irrupción del
caos y la destrucción,
simbolizados en el incendio que
atestigua la presencia del mal
en la ciudad. Deligne contempla
la ciudad dormida “bajo los
limpios reflejos/ de una luna
sin mancilla/ en un nacarado
cielo”, y en la búsqueda
simbolista de las afinidades
secretas de las cosas trasciende
la realidad exterior para
advertir que “Todo, hasta el
aire, es marasmo,/ todo, hasta
la luz, es sueño;/ todo, hasta
el duelo, es quimera:/ ¡sólo el
mal està despierto!”. La visión
terrible es apenas esbozada
porque ante la figuración
apocalíptica de sus versos el
poeta termina aclarando la
transitoriedad del mal, ya “que
el bien es el solo eterno”. En
el poema de Deligne,
afortunadamente recuperado por
Manuel Rueda en su antología Dos
siglos de literatura dominicana
(6) vislumbramos la sensibilidad
moderna y elementos que
encontraremos mucho más tarde en
la que podríamos llamar lectura
maldita de la ciudad.
En el ensayo “Santo Domingo en
la literatura” Andrés L. Mateo
señala, con acierto, que “El río
Ozama es el primer personaje
literario de la ciudad de Santo
Domingo” (7). Y ciertamente,
como él demuestra, desde José
Joaquín Pérez hasta José Mármol,
pasando por Domingo Moreno
Jimenes y Abelardo Vicioso, el
Ozama ha sido metáfora, símbolo
y sobre-significante de la
relación ciudad-historia. A lo
que yo agregaría, en diálogo con
que el excelente ensayo de
Mateo, que el barrio es el
segundo personaje literario de
la ciudad, espacio emblemático y
significante de la modernidad y
la expansión urbana. Y es que la
ciudad, que permaneció
amurallada por más de 400 años,
desde los últimos años de la
dictadura de Ulises Hereaux se
multiplica en barrios que son un
hervidero de vivencias y
significados disímiles: Ciudad
Nueva, San Carlos, Gazcue, Villa
Francisca. Entrado el siglo XX,
los poetas vuelcan la mirada
hacia esos barrios extra-muros,
populares y heterogéneos, que
libres del peso de la herencia
colonial se convierten en
cantera feraz para la ficción
literaria. San Carlos ha sido
uno de los temas de esta poesía.
En 1903 Enrique Henríquez
registra el incendio de la Villa
en el poema “Miserere”, pero es
Vigil Díaz en el poema
“Rapsodia”, quien con gesto
vanguardista y referencias
clásicas y multiculturales,
reelabora el barrio como lugar
donde converge el universo,
especie del Aleph que
descubriera el personaje de
Borges en el sótano de la casa
de Beatriz Viterbo, en la calle
Garay, donde están, sin
confundirse, todos los lugares
del orbe. Utilizando el
procedimiento de enumeración
totalizante que después sería
tan característico en Borges, el
poeta nos dice que en los
árboles de la villa blanca de
San Carlos ha sentido
las arengas de Matatías, el
guerrero bíblico
las quejas de Leopardi
las lágrimas de Kosciusco;
los siete sellos de Emerson y
las crueldades de Marte;
Árboles de la villa blanca de
San Carlos;
en la armonía pitagórica de la
alta noche,
he sentido los festines de
Nínive y Babilonia;
he visto los estercoleros de Job
y los círculos candentes de
Dante;
a Mercurio u Shylock pesando
oro;
a Moloch y Nemrod bebiendo
sangre:
a Ariel y el Marqués de
Lafayette estribando el pegaso
alado…
No puedo dejar de señalar el
estupendo poema de Vigil Díaz
como prefiguración de ese
momento cenital en la
mitificación del barrio que
encontramos en la novela Materia
Prima, de Marcio Veloz Maggiolo,
cuando Papiro expresa la
certidumbre radical que impulsa
la magnífica saga de Villa
Francisca del escritor
dominicano: “Mi querido Papiro,
como ves, la historia del mundo
es la de Villa Francisca. Todo
el pasado de la humanidad se
entremezcla con el pasado de
nuestro barrio” (8).
Décadas después, San Carlos
reaparece como barrio
emblemático de nuestra ciudad
textual en Lupo Hernández Rueda,
uno de los poetas dominicanos
que más ha trabajado la poesía
urbana. La ciudad es el tema en
algunos textos de sus primeros
libros, en Santo Domingo
Vertical (1962), en La ciudad y
el amor, escrita en conjunto con
Marcio Veloz Maggiolo, Tony
Raful y Tomás Castro; y en el
poemario Con el pecho alumbrado,
de 1998. En este último, el
poeta regresa al barrio para
reconstruir la historia de esa
comunidad y para buscar en la
memoria asideros que le salven
de la angustia y de la muerte.
Pero el barrio ha cambiado, sus
casas y sus parques han sido
derribados por el empellón
indetenible del progreso, y con
ellos han sido destruidos formas
de relación y valores esenciales
al ser humano. Si Marcio Veloz
Maggiolo es el arqueólogo y el
cronista de la vida y la muerte
de Villa Francisca y sus
habitantes, Lupo Hernández Rueda
recupera en la figuración
poética la memoria de un San
Carlos perdido para siempre, y
lo hace con tono elegíaco y
desde esa nostalgia que hemos
advertido como una de las
características de la poesía
urbana dominicana: “San Carlos
no es San Carlos,/ es la urbe
voraz,/ que desbordada,/destruye
los ángeles del sueño, la
techumbre que cobija la
infancia.”
Podría parecer curiosa, aunque
como veremos no inexplicable, la
escasa presencia de la ciudad en
la poesía dominicana durante el
período de las vanguardias
literarias, que se inicia en
toda América Latina con el
trasfondo de los grandes cambios
en la década de 1910-1920:
revolución mexicana, revolución
rusa y Primera Guerra Mundial.
El sonido de las locomotoras,
del teléfono y los aeroplanos en
los futuristas, la angustia de
Vallejo, el Buenos Aires
mitificado de Borges y el
cansancio del hombre nerudiano
que deambula por la selva
inhóspita de la ciudad en
“Walking around” nacen de la
conciencia de enajenación de la
vida urbana, vivida sin la
mediatización del tiempo ni de
la nostalgia. Y es lo que no
encontramos en Domingo Moreno
Jimenes y los postumistas, ni en
los primeros textos de la Poesía
Sorprendida, ni en Tomás
Hernández Franco ni en Héctor
Incháustegui Cabral, que en su
“Canto triste a la patria bien
amada”, desde un auto veloz
apenas avizora “dos o tres casi
ciudades” y luego el paisaje
movedizo y eminentemente rural.
En el caso de Moreno Jimenes y
los postumistas, la proclamada
renovación temática frente al
modernismo significó la vuelta
hacia el terruño y el paisaje
dominicanos, hacia el pueblo y
la aldea donde perviven las
raíces de la dominicanidad.
Personajes humildes, de gran
intensidad humana como “La Niña
Pola” y como “El haitiano”, o
paisajes rurales como los de
“Campiña poblada” y “Atardecer
campestre”, expresan en su
identificación con las cosas más
humildes y en su conciencia
social una implícita toma de
posición con respecto a la
modernidad, pero no hay un
espíritu urbano ni una lectura
de la ciudad en los textos
postumistas. Y si hay un
registro en Moreno Jimenes de
lugares populares urbanos, como
el mercado de Santiago, la
intención no es reflejar la vida
de la ciudad, sino fijar, a
través de vegetales, frutos y
creencias populares ese color
criollo al que en algún momento
se refirió el crítico Ramón
Francisco en su análisis sobre
el postumismo. En Moreno
encontramos flores, pájaros,
ríos, los nombres de pequeños
pueblos y un trazado definido de
la geografía nacional. Pero no
encontraremos ni en él ni en los
demás la ciudad como referente
temático ni una percepción de la
realidad urbana.
Tampoco el “hombre universal” de
la Poesía Sorprendida necesitó
de los contextos para emprender
su aventura creativa-espiritual.
Antes, en su manifiesto rechazo
a “lo circunstancial”, y en la
asunción de la cultura universal
y del mundo helénico como
paradigma de su búsqueda de la
trascendencia, establece una
concepción de la poesía como
abstracción y del hombre como un
ser genérico, exiliado de la
historia. Poesía de la crisis,
sí, pero como explica Alberto
Baeza Flores (9) por la “perdida
del sentido verdadero del mundo
a causa de la caída del hombre
que le ha dado la espalda a
Dios”. En la obra de Franklyn
Mieses Burgos, para citar uno de
las figuras centrales del
Movimiento, hay un despliegue
barroco de la naturaleza
tropical, elementos de la flora
y la fauna, “principalmente
marinas, abundosas,
peculiarísimas”, señala Pedro
René Contín Aybar, pero es un
trópico íntimo – como el título
de su antologado poema- “en el
que ritmo y paisaje proceden de
un particular estado de alma”
(10) en una especie de
subjetividad romántica
resucitada. Y hasta podemos
encontrar en Mieses Burgos esa
espléndida reflexión de nuestro
devenir histórico que es
“Paisaje con un merengue al
fondo”, pero es el campesino y
no el hombre de la ciudad el
sujeto referencial, y es en los
campos de caña y en los conucos
donde se baila, a ritmo de
merengue, nuestro destino.
¿Hasta dónde la ausencia de la
ciudad en los postumistas y en
los sorprendidos implica la
negación de la ciudad
trujillista, significante y
significado del régimen y coto
cerrado de su discurso
mitificador, y hasta dónde esa
ausencia expresa la ruptura del
proceso de modernidad y la
pérdida dramática de la
naturaleza esencial de la ciudad
como forma de vida y espacio
desde el cual sus habitantes y
escritores cuestionan el mundo y
construyen sus utopías? De la
ciudad trujillista sólo quedan,
en unos cuantos poemas
lastimosos, la imagen de una
ciudad fantasma sembrada por los
símbolos del poder, como en el
poema “El obelisco de Ciudad
Trujillo” de Víctor Garrido, en
el que el monumento trujillista
vela, atemorizante y despiadado
“el sueño secular de la Primada”
Bajo el dombo eternal de las
esferas,
titán de piedra que la mar
trasunta,
levanta al cielo su acerada
punta
oteando la extensión de las
riberas.
(…)
Y cuando herido por la muerte el
día
el mundo se adormece en armonía
que fluye de la bóveda
estrellada,
es el altivo y mudo centinela
que en el silencio de la noche
vela
el sueño secular de la Primada.
No es sino en los años finales
de la dictadura, y después, en
la vorágine de los profundos
cambios sociales y políticos que
se producen en el país a raíz de
la muerte del dictador, cuando
los integrantes de la Poesía
Sorprendida se descubren
habitantes de la ciudad,
ciudadanos, y nos dejan
representaciones poéticas de
alto nivel formal, y visiones
críticas de la cotidianidad,
como la de Freddy Gatón Arce en
el poemario Estos días de tíbar
y en “La mella”, poema de
denuncia social de gran fuerza
descriptiva. Me detengo en dos
ejemplos sobresalientes: “Ciudad
de los escribas”, de Antonio
Fernández Spencer, y “Santo
Domingo es esto” de Manuel
Rueda. El poema de Spencer es la
puesta en página del drama
interior del hombre de la
ciudad, un ser anónimo que se
reconoce en su soledad y que
atribuye al abandono de Dios el
origen de sus desventuras y el
fracaso de la humanidad. Para
Spencer, en el desierto sin alma
de la ciudad, quizás exista una
posibilidad de salvación en el
amor y en el reencuentro con lo
sagrado.
Nadie me conoce cuando subo por
la calda de los ríos
Ahora que el amor se quiebra
sobre los almenares
deslumbrantes,
No te siento acoger al hombre
O a las estrellas que ocultaron
su paso en la noche
Manuel Rueda es poeta de la
provincia, de su tantas veces
evocado Montecristi natal, y
también poeta de la ciudad, de
un Santo Domingo con el que
establece una relación
apasionada de pertenencia,
articulada a su visión
integradora del mundo y la
poesía, en la que experiencias y
situaciones concretas alimentan
la reflexión y el pensamiento
crítico. Santo Domingo es tema y
escenario en una gran zona de la
producción literaria de Rueda.
En sus ensayos y cuentos, en sus
obras de teatro y en su poesía,
incluyendo una especie de guía
sobre la ciudad, un texto al que
no dio mucho valor pero que es
testimonio de su profundo
conocimiento sobre la historia y
la arquitectura de Santo
Domingo. La percepción literaria
de la ciudad en Rueda,
contrapuesta a su imagen de la
provincia, podría ser tema de un
estudio amplio; por ahora baste
señalar la materialidad de sus
imágenes y su avidez por
asimilar la complejidad
lacerante de la experiencia
urbana, con su violencia y
artificios, con esos juegos de
máscaras en los que se revelan
las duplicidades del ser y de la
moral establecida. La
contraposición entre
individuo-muchedumbre, común en
la poesía urbana, anima el texto
de Rueda:
Santo Domingo es esto: un millón
de habitantes que te miran
Un millón de moribundos que se
esfuerzan
Bajo el sol
Que hacen ruido y te miran
te gritan
te esquivan a sabiendas
te persiguen
te violan
te agarran la solapa
te sacuden los hombros
te interrogan
te besan
te preguntan
te comprimen
te arreglan la corbata
-te ha costado dos horas de
labor frente al espejo ese nudo
que ahora
te aplastan de un solo manotazo-
te metan la mano en los
bolsillos
-no sabes qué te pasa-
te aconsejan.
La década del 60 marca la gran
eclosión de la ciudad en la
poesía dominicana. La noche del
31 de mayo de 1961 la ciudad
encarcelada, cerrada a cal y
canto a los vientos del cambio y
de las ideologías en
circulación, abre de par en par
sus muros y sus ventanas, y un
remolino desde las profundidades
de la sociedad reprimida echó
por tierra no sólo los símbolos
de la Era, sino también los
modos de relación social y la
concepción del arte y la
literatura. De repente un mundo
nuevo, el más nuevo y
beligerante de todos, se abre
ante los ojos de los escritores
dominicanos. Y en las maletas de
los exiliados, y por el contacto
con autores y países antes
vedados, surgen en la literatura
dominicana nuevas formas de
expresión, nuevos temas y
preocupaciones, entre ellos la
ciudad, protagonista de la
narrativa y la poesía europea y
latinoamericana de esos años.
Pero más decisivo y definitorio
fue el cambio de la ciudad
misma. Las movilizaciones
populares, el despertar político
y el estallido de
contradicciones subyacentes en
el entramado económico-social
cambiaron para siempre la vida
de la ciudad, con fuerza tal que
los escritores no pudieron más
que sumergirse en la vorágine de
los acontecimientos que se
sucedían en las calles. La
ciudad se convierte entonces en
testigo, personaje, escenario,
metáfora y símbolo de los nuevos
tiempos, y con la argamasa de la
historia comienza a construir
sus mitos.
La revolución del 65 catapultó
las contradicciones y también la
gesta de la ciudad. La ciudad
sitiada, en pie de guerra por la
defensa de la dignidad nacional,
la ciudad intramuros heroica y
libertaria, territorio de la
muerte transfigurada en el amor
y en el encuentro con los otros,
es la de Miguel Alfonseca en “El
mar de abril”, la de Jacques
Viau en “Canto sin tregua”, la
de Luis Alfredo Torres en
“Canción del pueblo”, y de
Rafael Valera Benítez en
“Cantata número cinco”. Es el
“Santo Domingo vertical” de
Abelardo Vicioso, y desde otra
orilla, es la que interpreta
Héctor Incháustegui Cabral en su
Diario de la guerra – Los dioses
ametrallados. Pero la ciudad
mitificada de abril es también
la ciudad derrotada de Máximo
Avilés Blonda en “Cuadernos de
la infancia”, y la ciudad del
viento frío de René del Risco
Bermúdez, el poeta-ícono de su
generación, que en su poesía y
en su muerte acontecida en el
malecón de Santo Domingo
simboliza el desgarramiento de
una generación que transitó
desde el compromiso político a
la frustración, de las cárceles
trujillistas a la desesperanza
de los bares y a la futilidad de
las tertulias. Los poemas del
Viento frío son poemas del
desencanto, estaciones agónicas
del combatiente derrotado que
regresa a la ciudad indiferente
y a la alienación consumista,
ésta última expresada en la
proliferación de letreros,
tiendas perfumes, corbatas,
tecnologías, al sinsentido y a
la futilidad de la vida
cotidiana, perdida ya la
esperanza:
Belicia, mi amiga
Tú y yo debemos comprender
Que estamos en el mundo
nuevamente
(…)
Atrás quedaron humaredas y
zapatos vacíos,
Y cabellos flotando tristemente…
Ya no son tan importantes los
demás
Ni siquiera tú eres tan
importante;
Podemos marcharnos, separarnos
Y nadie lo reprocharà por mucho
tiempo
Ni siquiera tú, Belicia.
La utopía redentorista y las
luchas por la ciudad de la
justicia atraviesan la poesía de
la post-guerra hasta bien
entrados los años 70. La ciudad
textual se ideologiza y las
protesta y los reclamos de
justicia y libertad se alzan en
sus páginas frente a la pobreza
y las profunda desigualdad que
caracterizan a la sociedad
dominicana. Esa rebelión contra
la ciudad enemiga de los sueños
es la que anima el poema “Los
techos”, de Ramón Francisco, y
la poética de Juan Sánchez
Lamouth en su “Romance al río
Ozama”, de una tendencia social
que décadas antes había sido
pulsada por Pedro Mir en su
antologado “Poema del llanto
trigueño”.
Es la calle del Conde asomada a
las vidrieras,
aquí las camisas,
allá las camisas negras,
¡y dondequiera un sudor
emocionante en mi tierra!
¡Què hermosa camisa blanca
Pero detrás:
la tragedia.
De una dimensión más honda y más
fecunda que la lectura
ideologizada de la ciudad es la
poesía que se escribe desde la
negación y la rabia, desde esa
“mirada (alegórica) del
alienado” a la que se refiere
Walter Benjamín cuando analiza
la obra de Baudelaire. La ciudad
vilipendiada en la desesperación
del amor, oscuro objeto del
deseo, es la que asoma, aunque
todavía tímidamente, en el libro
La ciudad y nosotros, de Rafael
Añez Bergés, publicado en 1965,
y que junto a El viento frío de
René del Risco, es referencia
obligada de la poesía citadina
de post-guerra. “Sé que tanto tú
como yo/ hemos odiado esta
ciudad/ y que del odio ha nacido
el amor inevitable/ hacia las
cosas/ porque la ciudad es como
una puta festiva/ que se vende.”
La más singular y notable poesía
de la ciudad en esta vertiente
existencial y desgarrada, y a mi
juicio una de las más
perdurables, es la que produce
Luis Alfredo Torres, que en 1974
publica el poemario La ciudad
cerrada. Torres es el más
atormentado de los poetas de la
ciudad, el que expresa con mayor
violencia las encrucijadas del
hombre urbano. La ciudad es una
maldición, realidad hostil y
experiencia desesperante en la
que, sin embargo, el poeta se
sumerge delirante de pasión y
rechazo enamorado.
Recógeme en tu arcilla,
Ciudad perdida,
Ciudad infame,
Ciudad de los malvados;
Vengo de lejos, errante,
Cansado como tú, hostigado como
tú,
Y lleno de hechizo que te
envuelve.
Eres tú la que ama mi corazón
Y en tus inmundicias soy feliz,
En tus cuencos de sangre soy
feliz,
En tus desvaríos y errores soy
feliz,
Ciudad maldita
como arcos destruidos en la
noche
ciudad tierra
como ojos de lesbiana
y llena de cintas y de lazos y
fetiches.
La negación y la crítica
corrosiva de Luis Alfredo Torres
la reencontramos en la poesía de
la ciudad de Jeannette Miller,
en particular en los poemas “Los
ángeles son propicios a las
cuatro”, y “Jeannette”. En este
último, la ruptura con las
convenciones funciona desde la
titulación del texto con el
nombre de la poetisa, que al
reafirmar con orgullo la
naturaleza biográfica del poema
rechaza la doblez y la falta de
autenticidad de la vida
citadina. En el recorrido por
calles y lugares de Santo
Domingo – registro topográfico
de calles y lugares
identificables que encontraremos
después en Enriquillo Sánchez y
Martha Rivera – Jeannette
reafirma su identidad de mujer
contestataria en “este país de
comemierdas” al que opone su
aspiración de “un país sin
modas,/ sin competencia,/ sin
tener que temer por la comida,
/sin que me utilizaran para el
sexo, /sin creer que soy libre
porque disputo a un pendejo su
fama de poeta o de pintor.” Como
vemos, una ciudad y un país
recusados, pero en los que la
poetisa aspira a morir “debajo
de una mata inmensa de
anacahuita/ escribiendo mis
versos.”
Tiene razón Andrés L. Mateo
cuando señala que la “ciudad
como espacio existencial que
alberga contradicciones
infinitas, se plasma en la
literatura dominicana
tardíamente”. Pero desde la
década del 60-70, la poetas
establecen una relación íntima,
indisoluble con la ciudad,
convirtiéndola no en sólo en
tema y motivo literarios sino
también en estado de ánimo,
objeto del pensamiento,
perspectiva determinante de su
visión del mundo y de la
literatura. Los poetas de las
últimas jornadas no convocan la
ciudad desde el distanciamiento
que implica la nostalgia del
paraíso perdido. Tampoco
prefiguran un futuro idealizado.
Son todos o casi todos poetas
urbanos, ciudadanos del presente
que viven la ciudad y la
piensan, expresándola en su
complejidad inabarcable para
asumirla desde una identidad
contradictoria (des)integrada.
Punto de convergencia de
vivencias concretas y
metafísicas en Tony Raful y su
“Ritual onírico de la ciudad”,
plural en José Enrique García,
cuando dice “Hay una ciudad, su
nombre no lo guardo, donde todos
los caminos del mundo convergen.
Allí los múltiples caminantes se
encuentran y en las tabernas se
intercambian las historias.”
Como podemos advertir, la
historia como absoluto ha sido
relegada en la figuración
poética por la multiplicidad
enriquecedora de las
microhistorias individuales, por
el gesto ambivalente y el
rescate de la cotidianidad en un
proceso de simbolización
enriquecedor.
Las últimas generaciones han
potencializado la ciudad
literaria privilegiando el
lenguaje y el entrecruzamiento
semántico de la realidad real y
la realidad imaginada. Así, la
ciudad de Alexis Gómez Rosa,
sonora, lúdica, construida
gozosamente a golpe de
imaginación con elementos del
lenguaje y la cultura popular,
es una conceptualización crítica
de la contemporaneidad pero
también es vivencia plena de
experiencias circunstanciales y
de (a)venturas.
Oigo a diario aparatos respirar.
Salir de su cuerpos a la calles
bajo el tumulto de letreros
carnívoros,
esgrimen su chinchín químico de
miedo
Silencio diesel ahogado en la
mecánica del aire.
Árbol de luz, factorías,
autopistas, desdoblo de metáfora
[Hábito plural]
Como Alexis, y más cercano a
Luis Alfredo Torres y a Manuel
Rueda en la tensión emocional,
José Mármol piensa la ciudad en
desgarradora contradicción,
desde sus disyunciones y desde
la más radical materialidad.
Como ninguno en su generación,
con poderío verbal y alucinada
imaginería Mármol ausculta la
ciudad, la violenta, la desnuda
para hacer salir de sus entrañas
los demonios, el mal que la
consume pero que asume y
reivindica esa criatura
desamparada pero indócil que es
el habitante de la ciudad. Es el
mal de la ciudad - “boca de
sarcoma” - la define, en las
calles y en los barrios, y
fluyendo por su río, el Ozama,
que “suda leche de luna y baba”
y “empieza a mostrar sus
ahogados. Sus ángeles suicidas.
Sus dioses imperfectos. Sus
luases orinados. Sus vírgenes
violadas por murciélagos y
sapos.” La visión atormentada y
perturbadora de la ciudad, en
una especie de expresionismo
baconiano, intensifica hasta la
deformación los contornos de las
cosas para que esta muestre su
verdadera esencia.
La ciudad textual no se agota en
estos registros Si Basilio
Belliard fija en el poema una
imagen fotográfica, instantánea
de la ciudad, “Presencia del
instante” como la define en “La
ciudad en prosa”, también Martha
Rivera capta en el poema “No”,
con recurso gráfico y lenguaje
referencial, experiencias
instantáneas que se despliegan
como fragmentos en la página
para delinear los nuevos rostros
de la realidad urbana en su
intricada relación con la
cotidianidad y la intimidad
personal, estrategia que también
encontramos en Miguel Aníbal
Perdomo, Radhamés Reyes Vásquez,
Dioniosio de Jesús y Miguel D.
Mena.
Los poetas de las últimas
generaciones han interpretado la
ciudad que les ha tocado vivir
con una diversidad de poéticas y
de registros excepcional en la
poesía dominicana. “Ciudad
pensada” en César Zapata, ciudad
de las transgresiones y de
barroca sensualidad en Plinio
Chahín, dimensión existencial en
Adrián Javier, León Félix
Batista y Fernando Cabrera,
exuberante en Almánzar Botello,
de la violencia, la nocturnidad
y las drogas en Homero Pumarol;
y en la mayoría de los textos el
énfasis en la estructura formal,
las concatenaciones fónicas y
lexicas, la paradoja y la
parodia, el talante irónico, la
mirada incisiva, la tesitura
intelectual.
Santo Domingo es una y muchas.
Como dijo Italo Calvino, bajo un
mismo nombre de ciudad ciudades
distintas se suceden y se
superponen, pero hay un elemento
de continuidad que la ciudad ha
perpetuado, el que le da sentido
y debe reencontrar. “Toda ciudad
debe reencontrar a sus dioses”,
concluye. Y dónde buscarlos sino
en la poesía, dónde sino en las
visiones de esa ciudad invisible
que hemos construido a golpe de
rabia y esperanza a lo largo de
nuestro decurso trágico; dónde
sino en esa ciudad del hombre
para el hombre, reclamada una y
otra vez, talismán en este
presente cambiante y
fragmentado, cementerio de
ideales que ya nadie recuerda.
NOTAS
(1) Sobre la ciudad como texto,
Yolanda Izquierdo recoge
diversas interpretaciones de la
ciudad: “La ciudad es un texto,
“form as a receptacle of meaning,”
un objeto estético generado por
condiciones económicas, sociales
y culturales, susceptible de
lectura: en él se manifiestan
formas y estructuras mentales y
sociales.” Acoso y ocaso de una
ciudad. La habana de Alejo
Carpentier y Guillermo Cabrera
Infante, San Juan, Puerto Rico,
Ed. Isla Negra, 2002 ,pág.19
(2) Andrés L. Mateo: Mito y
cultura en la era de Trujillo,
Santo Domingo, 1993; y Santo
Domingo, elogio y memoria de la
ciudad, Santo Domingo, Codetel,
1998.
(3) Italo Calvino: “Los dioses
de la ciudad” en Punto y aparte,
Barcelona, Tusquets, España, y
Las ciudades invisibles, Madrid,
Ediciones Siruela, 2002
(4) Pedro Henríquez Ureña: “La
antología de la ciudad”, en Obra
crítica, Mexico, Fondo de
Cultura Económica, 1981, pag.
200
(5) Dionisio Caña: El poeta y la
ciudad. Nueva York y los
escritores hispanoamericanos,
Madrid, Cátedra, 1994
(6) Manuel Rueda: Dos siglos de
Literatura Dominicana, Poesía
(1) Santo Domingo, Editora
Corripio Col. Sesquicentenario
de la Independencia Nacional.,
1996
(7) En Santo Domingo, elogio y
memoria de la ciudad, Santo
Domingo, Codetel, 1998
(8) Marcio Veloz Maggiolo,
Materia Prim. Protonovela, Santo
Domingo, Fundación Cultural
Dominicana, 1998, pag. 119
(9) Alberto Baeza Flores:
“Consideraciones generales sobre
`La poesía Sorprendida´ en
Publicaciones y opiniones de La
Poesía Sorprendida, San Pedro de
Macorís, Universidad Central del
Este, 1988.
(10) En Dos siglos de literatura
dominicana, op.cit., pag. 46.
Soledad Álvarez (República
Dominicana, 1950). Poeta y
ensayista. Graduada de Filología
con especialidad en Literatura
Hispanoamericana de la
Universidad de La Habana. Ha
publicado los poemarios Vuelo
posible (1994) y Las estaciones
íntimas (2006). Como ensayista,
ha publicado La magna patria de
Pedro Henríquez Ureña: una
interpretación de su
americanismo (1980), y
Complicidades. Ensayos y
comentarios sobre literatura
dominicana (1998).
soledadalvarezvega@yahoo.com
http://www.revista.agulha.nom.br
http://www.revista.agulha.nom.br/ag69alvarez.htm
Gentileza:: Floriano Martins
[floriano.agulha@gmail.com]
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